viernes, 15 de mayo de 2009

Existen algunas profesiones que todo el mundo, digo todo el mundo debería ejercer en su vida.
Yo trabajo de camarera, me considero una persona educada, amable y no tengo la costumbre de pagar con los demás mis frustraciones. Es decir, trabajo muy bien de cara al publico. También hay que decir que hay clientes de todo tipo: amable, conversador, educado, funcional( te pide, paga, consume y se va sin más), el que te habla por ceñas, el que cree que eres adivina, el que cree que la comida esta toda preparada esperando a que el llegue para comerla, en fin... pero el peor el que cree que somos sus sirvientes o aun peor, sus lacayos! llago a la mesa con una bandeja totalmente llena, pesada y algo maloliente con una sonrisa invitando a que me miren para no estar adivinando para quien va cada cosa, ya que tengo mucho mas trabajo dentro y debo tardar lo mínimo posible por el bien de mi cabeza. Oye, que nadie me ha mirado, como si yo fuera una alma en pena vagando en medio del restaurante. Que coraje! a la tercera y saltando el protocolo, alzo la voz: el batido para quien va? en verdad lo que me apetece es decir cosas peores, pero me lo guardo para cuando entro en la cocina: me cago en la ultima puntilla... que horror! vocifero como una lacaya!
Alguien se ha parado para pensar que los niños que corretean y gritan mientras tu estas comiendo, que desarman las mesas ya preparadas, que tiran los saleros tienen padres? que nao van solos. Pues si tienen padres, están al otro lado del restaurante a unos 100 metros de distancia, tomándose tranquilamente su postres mientras hablan animadamente con los otros padres que también tienen niños pero que están con la abuela! y aí de ti si les llamas a la atención o si (sin querer, claro!) les tirar una taza de café caliente encima porque no paran de correr...
Pues a ellos va este pequeño mensaje, que la paciencia también tiene su limite y que tener educación no es sinónimo de conmiseración hacia los demás.

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